Resulta que la quinceañebria era sobrina de un compañero de trabajo de mi novia. Ni me pregunten cómo llegué ahí, solo sé que a las 10:00 p.m. estaba sentado en una mesa con una coca-cola en mi mano y con pantalones de mezclilla y camisa polo.
Esto fue un paso más allá de la situación de "fiesta a la que vas sin conocer a nadie". Y si bien siempre es divertido actuar estilo Los Cazanovias y fingir que eres conocido íntimo de la festejada, aqui no pude por dos motivos.
1.- Traía candado: La KaiserGirl.
2.- La fiesta alcanzaba niveles bizarros de naquez.
Es desagradable oír música de cantina, seguida de reggaeton. Es aún peor tener que escucharla a todo volumen. De momentos mi mente entró en pánico, creyendo que me había vuelto a meter a ver la película de "Cumbia Callera" (un error que mi delicada mente no deja de reprocharme).
Ahora imaginen lo arriba descrito en medio de una elegante quinta, con columnas, alberca y jardín, y meseros impecablemente vestidos. No embona.
Siento que anoche navegué entre los confines que separan a la humanidad del cholismo. Me siento orgulloso de decir que no me sentí atraído en absoluto por el lado cholo.

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